En Lecina se encuentra uno de los árboles más monumentales de Aragón, que es sujeto de esta hermosa leyenda.

“Hace muchos años, el pueblo estuvo rodeado de impenetrables carrascales que servían de refugio a animales salvajes y a las temidas brujas.

Los árboles del bosque se alegraban porque así las gentes no entraban en él a recoger leña, bellotas, hojas... Pero la más joven de las carrascas estaba muy disgustada al ver que el bosque gozaba de tan mala fama.

Eran frecuentes las discusiones de la pequeña con los demás árboles. Las brujas, que oyeron las protestas de la joven, decidieron marcharse. Antes quisieron agradecer a las carrascas más viejas el apoyo prestado concediéndoles lo que desearan. Un grupo de árboles quiso que sus ramas y hojas fueran de oro, otros desearon desprender los más deliciosos perfumes, y otros que sus hojas fueran del cristal más puro. Sólo la pequeña encina quiso continuar siendo igual.

Tras la marcha de las brujas, se desató una gran tormenta de viento y granizo, provocando la rotura de los árboles de cristal. Otro día, un rebaño se comió las hojas aromáticas y finalmente, los árboles de oro no tardaron en ser desmenuzados por los ladrones.

De aquel inmenso bosque tan solo sobrevivió el arbolito más joven al que desde entonces todos respetaron. Es la misma carrasca que hoy contemplamos y que tras muchos siglos de vida continúa dando gordas y sabrosas bellotas”.

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